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EL ÉXITO UNA PERSONA QUE DEBES CONOCER

Jesús Tovar Núñez
Apostol
07/12/2008

Con Dios Todo, Absolutamente Todo Sale Bien

¿Cuántas veces a lo largo de tu vida has utilizado la palabra éxito? ¿Cuántas veces te has referido a esta palabra como algo que deseas, envidias o que es parte de tí? Pero, ¿cómo defines la palabra éxito? ¿Qué es éxito?

Todo el mundo lo quiere y muy pocos lo consiguen. Parece adivinanza y es curioso pensar que nos referimos a una palabra que tiene distintos significados para cada persona. La hemos clasificado en éxitos profesionales, familiares, escolares, sociales, financieros etc.
Es muy difícil o casi imposible llegar a un objetivo si es que no lo tenemos claro. Lo primero que tienes que hacer para ser exitoso es saber con seguridad qué es el éxito para ti ¿Es acaso el éxito un objetivo en Tu vida? 
Es necesario que podamos entender que el éxito es parte de nuestra naturaleza como hijos de Dios, y que para ser exitoso es necesario entender que el éxito es una persona y con la cual debemos caminar a diario con él. Y como es una persona es necesario que lo podamos personalizar, solidificar, materializar o consolidar, cuando se logra esto ya podemos decir caminamos con el éxito y lo llevamos de nuestra mano.

Jesús utiliza principios del Reino,  los personaliza y los materializa, veamos:

En Mateo 13:1-23 dice: 1 Ese mismo día salió Jesús de la casa y se sentó junto al lago. 2 Era tal la multitud que se reunió para verlo que él tuvo que subir a una barca donde se sentó mientras toda la gente estaba de pie en la orilla. 3 Y les dijo en parábolas muchas cosas como éstas: Un sembrador salió a sembrar. 4 Mientras iba esparciendo la semilla, una parte cayó junto al camino, y llegaron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, sin mucha tierra. Esa semilla brotó pronto porque la tierra no era profunda; 6 pero cuando salió el sol, las plantas se marchitaron y, por no tener raíz, se secaron. 7 Otra parte de la semilla cayó entre espinos que, al crecer, la ahogaron. 8 Pero las otras semillas cayeron en buen terreno, en el que se dio una cosecha que rindió treinta, sesenta y hasta cien veces más de lo que se había sembrado. 9 El que tenga oídos, que oiga.» 10 Los discípulos se acercaron y le preguntaron: — ¿Por qué le hablas a la gente en parábolas? 11 —A ustedes se les ha concedido conocer los *secretos del reino de los cielos; pero a ellos no. 12 Al que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará. 13 Por eso les hablo a »Aunque miran, no ven; aunque oyen, no escuchan ni entienden. 14 En ellos se cumple la profecía de Isaías: »“Por mucho que oigan, no entenderán; por mucho que vean, no percibirán. 15 Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible; se les han embotado los oídos, y se les han cerrado los ojos. De lo contrario, verían con los ojos, oirían con los oídos, entenderían con el corazón y se convertirían, y yo los sanaría.” 16 Pero *dichosos los ojos de ustedes porque ven, y sus oídos porque oyen. 17 Porque les aseguro que muchos profetas y otros justos anhelaron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron. 18 »Escuchen lo que significa la parábola del sembrador: 19 Cuando alguien oye la palabra acerca del reino y no la entiende, viene el maligno y arrebata lo que se sembró en su corazón. Ésta es la semilla sembrada junto al camino. 20 El que recibió la semilla que cayó en terreno pedregoso es el que oye la palabra e inmediatamente la recibe con alegría; 21 pero como no tiene raíz, dura poco tiempo. Cuando surgen problemas o persecución a causa de la palabra, en seguida se aparta de ella. 22 El que recibió la semilla que cayó entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de esta vida y el engaño de las riquezas la ahogan, de modo que ésta no llega a dar fruto. 23 Pero el que recibió la semilla que cayó en buen terreno es el que oye la palabra y la entiende. Éste sí produce una cosecha al treinta, al sesenta y hasta al ciento por uno.

Se presenta a Jesús sentado, en la actitud del maestro que enseña. Su palabra en una barca: "Se sentó junto al mar; y se reunió mucha gente ante él, de manera que, subido en una barca, se sentó, y toda la gente quedaba en la orilla". Les habló muchas cosas en parábolas.  La enseñanza es variada: el método, en cambio, es el mismo: "en parábolas". Por eso este discurso recibe su nombre, no de su contenido, sino del método empleado: discurso parabólico.

Si lo que distingue el discurso es que se usa el método de la parábola, antes de entrar en él, es necesario decir en qué consiste este método. La parábola consiste en presentar una historia o una situación de la vida real cotidiana ante la cual el auditorio es llevado a tomar partido; una vez comprometido dentro de esa situación o historia de la vida real, se le hace ver su analogía con una verdad, induciéndolo así, por coherencia, a asumir un compromiso análogo con esa verdad de fe. Aunque la analogía usada en la parábola sea nítida, ésta no alcanza su efecto si no se aporta la fe. Así se explica por qué Jesús, no obstante la claridad del método, concluya: "El que tenga oídos, que oiga". Esta no es una frase ligera; lo que Jesús quiere decir es que hay una audición interior de fe y que sólo ella permite comprender el sentido de la enseñanza. Jesús sigue justificando el método: "Les hablo en parábolas, porque así, viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden". Se refiere a los que no aportan fe. Escuchando hoy las parábolas de Jesús debemos cerciorarnos de tener esa audición de fe.

En otras ocasiones hemos comentado la parábola del sembrador desde el punto de vista del que siembra. Hemos dicho que, a pesar del fracaso que encuentra gran parte de la semilla, vale la pena sembrar a causa de la pequeña fracción que produce abundante fruto. Esta es la conclusión a que se llega en la vida real. Por eso el sembrador sigue saliendo a sembrar. De aquí se concluye que también el que predica la Palabra de Dios debe hacerlo siempre, a pesar de saber que encontrará en la mayoría de sus oyentes indiferencia, inconstancia, desinterés; la pequeña fracción de los oyentes -aunque sea sólo uno- que la acogen, la comprenden y dan fruto justifica todo el esfuerzo.

El sembrador es perfectamente anónimo en la parábola; acerca de él no se dice nada que pueda identificarlo. Es que la diferencia no la hace el sembrador. La diferencia tampoco está en la semilla; ella es siempre la misma. Toda la diferencia está en el terreno que recibe la semilla: la orilla del camino, pedregoso, con espinas o fértil, y de esto depende todo el fruto. Así ocurre con el anuncio de la Palabra de Dios. Ella es siempre excelente y tiene siempre la misma virtud, quien quiera que la anuncie. La diferencia está en el corazón de quien la escucha.  Pablo fue ciertamente un gran predicador; pero él escribe: 5 Después de todo, ¿qué es Apolos? ¿Y qué es Pablo? Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno. 6 Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. 7 Así que no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino sólo Dios, quien es el que hace crecer. (1Cor 3,5-7). A la luz de esta parábola resulta falsa la actitud de algunos cristianos que justifican su falta de compromiso y de entrega echando la culpa a algún pretexto. La única culpa está en sí mismos.

La semilla que cae a orilla del camino y es comida por las aves se compara con el que escucha la Palabra del Reino, pero viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. En éstos la Palabra fue arrebatada inmediatamente por el Maligno. Pero ni aun allí la predicación fue inútil: “Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron. Valió la pena sembrar.

En otros la Palabra ejerce su fascinación: “Oyen la Palabra y al punto la reciben con alegría”. Pero son inconstantes y ante cualquier tribulación a causa de la Palabra retroceden. Estos son los que no están dispuestos a sufrir nada por Cristo. No merecerán nunca que Cristo les diga: 11 »Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias. 12 Alégrense y llénense de júbilo, porque les espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes.  (Mt 5:11-12).

En otros, el terreno tiene espinas: las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la Palabra. Estos están tan ocupados en los asuntos de este mundo que no tienen tiempo para pensar en la vida eterna; o bien son engañados por las riquezas como el joven rico. A éste le habló Jesús mismo; pero sus riquezas lo convencieron de que ellas lo harían feliz. Pero lo engañaron.

Jesús dijo esta parábola para nosotros, para movernos a examinar nuestra vida y ofrecer a la Palabra de Dios un corazón como el suyo. En nadie ha encontrado la Palabra un terreno más fértil. En ella la Palabra se hizo carne.
Afortunadamente, Jesús reconoce también la existencia de una gran extensión de terreno ‘bueno’ y fecundo, donde la palabra del Reino ha encontrado aceptación, a través de un proceso muy firme de escucha atenta, profundización y vivencia fructuosa: “Lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto”. Ya desde ahora Jesús, rebosante de alegre confianza, lanza su mirada a los últimos días contemplando su ‘cosecha’, o sea, el ‘éxito final’. La complacencia de Jesús, por ver su proyecto realizado, es indudablemente muy alentadora. En ello, depositamos nuestras esperanzas. No es imposible, en efecto, vivir la propuesta de Jesús, es decir, construir, con Él, su Reino de vida plena para todos y de salvación. Él quiere que todos se salven y tengan vida en abundancia, esa misma que la Buena Nueva puede otorgarnos generosamente.  

Otro rasgo muy humano y misericordioso de la parábola lo encontramos en el concepto de ‘rendimiento diversificado’ de la cosecha: “Unos el ciento por uno; otros, el sesenta y, otros, el treinta”. Consciente de la diversidad de oportunidades que los hombres tenemos, en relación al conocimiento de los misterios del Reino; sabedor de la inequidad natural en la distribución de los talentos y de las capacidades humanas, el Señor nos aceptará, aún cuando no logremos dar muchos frutos, a pesar de todos nuestros esfuerzos. ¡Tengámoslo por cierto! Los niveles de perfección y de santidad son diferentes, sin embargo, todos son apreciables. Lo importante es que, en esta etapa terrena de la vida, a pesar de todas nuestras debilidades y no obstante nuestros cansancios y pérdidas de entusiasmo, hagamos todo lo que está a nuestro alcance para vivir lo que Dios nos pide. Para entender, profundizar y realizar.

Es necesario que puedas evaluar y reconocer que como hijo de Dios,  estas  llamado a ser terreno Fértil que da fruto al ciento por uno, ya que tu naturaleza es de Éxito.

 

 
 
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